Argentina sin asado: el consumo de carne vacuna se desploma un 42%

El histórico desplome del consumo de carne vacuna en Argentina marca un cambio profundo en los hábitos alimentarios. Con una caída del 42% interanual, hoy con un kilo de asado se compran cuatro de pollo. El impacto de la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y el quiebre de una tradición cultural.
La parrilla, símbolo indiscutido de la identidad argentina, atraviesa su peor momento en décadas. El consumo de carne vacuna en el país cayó un 42% interanual, alcanzando niveles históricamente bajos y dejando al descubierto una transformación forzada en la mesa de los hogares. Según datos del sector, hoy con el valor de un kilo de asado se pueden comprar hasta cuatro kilos de pollo, una comparación que resume con crudeza el deterioro del poder adquisitivo.
Argentina, durante décadas líder mundial en consumo per cápita de carne vacuna, ve cómo ese lugar queda cada vez más lejos. El consumo anual ronda los 44 kilos por habitante, cuando hace apenas unos años superaba cómodamente los 60. La caída no es solo estadística: se siente en carnicerías vacías, parrillas que reducen porciones y reuniones familiares donde el asado pasó de protagonista a excepción.
El principal factor detrás de este fenómeno es el brutal encarecimiento de la carne vacuna, que aumentó muy por encima de los salarios. Mientras el precio del asado se volvió prohibitivo para amplios sectores de la población, las proteínas alternativas como el pollo y el cerdo ganaron terreno por una cuestión estrictamente económica, no cultural.
Carniceros y comerciantes coinciden en el diagnóstico: se vende menos, se compra en menor cantidad y se priorizan cortes económicos o directamente se reemplaza la carne vacuna. “Antes la gente pedía para el fin de semana; ahora compra lo justo o directamente no compra”, repiten en distintos puntos del país.
Pero el impacto va más allá del consumo. La crisis golpea a toda la cadena: productores, frigoríficos, trabajadores del sector y economías regionales. En paralelo, se resiente una tradición que funcionaba como ritual social, punto de encuentro y expresión cultural.
La pregunta que sobrevuela es incómoda pero inevitable: ¿estamos frente al fin de la parrillada como costumbre popular?
Por ahora, los números indican que el asado dejó de ser un hábito semanal para convertirse en un lujo ocasional. Y en un país donde la identidad se construyó alrededor del fuego y la carne, el dato no es menor.



