La post pandemia: Las problemáticas sociales y los desafíos para la Centroizquierda

por Alejo Ríos (*)
Esta situación ha puesto de manifiesto, los severos problemas estructurales con los que carga nuestro país hace ya mucho tiempo. Por ello surgen nuevos desafíos para todas las fuerzas políticas. Ha comenzado un proceso de concientización de toda la sociedad. Que plantea un futuro posible, si apaleamos las severas desigualdades actuales. El espectro político carga con la imposibilidad de garantizar gobernabilidad en un país sin un sistema de partidos perdurable, previsible y estable. Pero la sociedad no lo reconoce así, es una etapa discursiva de “Antipartidos”. Aunque los dos últimos gobiernos han tenido una marca ideológica muy fuerte.
La realidad es que somos un país fundamentalmente agroexportador, con un desarrollo industrial anulado y deformado por su abrumadora inestabilidad político-económica que padece hace tiempo, un proceso de absoluta irresponsabilidad política, degradando valores centrales de esta joven sociedad democrática, como el respeto a las instituciones, el debate, el consenso, entre otros. El problema es que muchas veces la representación política queda vacía porque la ciudadanía no encuentra un partido, no encuentra una idea que la motive o no encuentra un liderazgo. Los últimos proyectos políticos han demostrado desorganización en sus fuerzas, y la falta de una conducción lúcida que impulse a la sociedad en su conjunto; en el proceso de desarrollo que la república necesita.
La acumulación de problemas erosiona todo. Y el coronavirus, en su condición mortífera, quebró el cerco mediático y desafía al régimen de “naturalización de la desigualdad” con el que convivimos. Observar los Barrios Populares, con su carente acceso al sistema sanitario y a los servicios básicos; que reflejan los estándares de vida más bajos en las ciudades más ricas del país. Como en la Ciudad de Buenos Aires donde los asentamientos, como el mal llamado Barrio 31, cuyo avance demográfico se acelera, negando a miles de personas el derecho a la dignidad humana.
Ninguna de las fórmulas políticas logró hasta el momento algo relevante. Frente a los dos extremos de la famosa “grieta”, es necesario fomentar y construir una alternativa de gobierno con diagnósticos e ideas transformadoras. Dirigida a los sectores medios y a los más vulnerables, que sufren los efectos devastadores de la desigualdad. El horizonte debería ser un Estado presente e inteligente que se involucre con éxito en la vida económica y social. Y diseñe un sistema tributario progresivo que achique las desigualdades y haga descender la pobreza. Este es el enorme desafío de la Centroizquierda en la Argentina.
A las desigualdades, se le sumaron dos factores centrales que dan testimonio de muchos años de improvisaciones: la educación y la sanidad. Durante la pandemia fueron expuestas muchas deficiencias, que se pueden evitar con políticas y programas orientados a garantizar un desarrollo social sostenido en el tiempo. El sistema sanitario demuestra su pobre planificación y lo poco preparado instrumentalmente que está para la situación. Obviamente, ningún sistema en el mundo estaba preparado para esta trágica aventura. Pero es innegable la abrumadora diferencia de calidad entre el sistema privado de salud y el sistema público. El aparato estatal saca a flote lo mejor del espíritu humano; donde médicos/as y enfermeros/as se enfrentan a complejas situaciones sin el instrumental técnico necesario. Y afligidos por un mísero salario que no reconoce el valor social que, para el estado, representa el ámbito de la salud pública. Sin embargo, hay que destacar experiencias buenas y malas. Frente a tanta barbarie se sobresale el sistema sanitario de Santa Fe. Donde años de trazado e inversión del gobierno socialista confluyeron en un modelo exitoso de sanidad para todo el país. Con los empleados de la salud bien pagados; lo que afianza su importancia en el esquema de sociedad a la que queremos llegar. Rosario, una de las grandes aglomeraciones con Barrios de emergencia, tiene los índices más bajo de contagio. Ya que los hospitales están distribuidos estratégicamente por la ciudad, y preparados con lo necesario para abastecer a toda la población por igual. En Rosario, por lo menos, se eliminó el clasismo de la sanidad pública; generando así confianza en la ciudadanía. Clasismo que no debemos subestimar ante el posible surgimiento de liderazgos autoritarios; que pongan en cuestionamiento la estabilidad institucional democrática.
La pandemia puso a la vista el abandono del sistema educativo, con el primario y el secundario abandonados por falta de presupuesto y de planificación en sus programas; y con un sistema universitario pensado para una sociedad desarrollada pero inaccesible para un parte importante de la ciudadanía a pesar de su gratuidad. En los primarios y secundarios, miles de estudiantes no tienen acceso a los dispositivos necesarios para mantener la cursada virtual, se refleja la falta de capacitación de los docentes de cara al manejo de las plataformas y, finalmente, queda casi suspendido todo proceso de aprendizaje. Los contenidos se reducen y el atraso con respecto a las tecnologías se evidencia aún más. No podemos dejar de lado el deficiente rol del Ministerio de Educación Nacional frente a un sistema descentralizado en las provincias. El Ministerio no tiene autoridad real y el trazado de un programa transversal en todo el país, desorienta a miles de maestros que en muchas provincias (particularmente las más pobres) lidian con realidades complejas y diferentes; con programas bastante desactualizados.
Hace 30 años atrás el sistema público, en primario y secundario, superaba al privado abruptamente. Era un espacio democrático donde la clase media encontraba una herramienta de ascenso social. Era igualador, diversas clases sociales se encontraban en ese lugar que ofrecía un alto estándar de excelencia académica. Cosa que se terminó por derrumbar en los años 90´, cuando la política Neoliberal derivó a los sectores medios a la educación privada y vació un espacio que hacía confluir a todos los estamentos sociales en un sentimiento de pertenencia con el estado y con la justicia social. Era una forma de comprometer a la sociedad con un proyecto de país.
Las principales fuerzas progresistas no pueden nuclearse solamente en una visión porteña; porque no es suficiente para solucionar el problema educativo. Tenemos un sistema público laico, que solo es fuerte en las grandes aglomeraciones. Por lo que, en el interior del país, se deja terreno fértil para que sectores eclesiásticos conservadores, que ya tienen enorme poder en algunas provincias, tengan más influencia en los programas educativos que el propio Ministerio Nacional. Un claro ejemplo es la falta de implementación de la ESI en muchas provincias. Donde no está el estado, la iglesia lo suplanta.
Una gran deuda de la centroizquierda es fomentar un sistema de educación público, laico y fuerte a nivel federal. Devolverle el Estado a la clase media y baja. Solo posible con partidos fuertes a nivel nacional. Que vuelvan a tener una estrategia federal, acondicionada a cada distrito según sus problemáticas. Es inviable ese camino si, como en la actualidad, se tienen confederaciones de partidos provinciales con una pobre constitución de su núcleo nacional (UCR o PS).
Como primera conclusión podemos afirmar que la orientación hegemónica, en torno a la política educativa y sanitaria, llevada a cabo en los últimos años; termina reflejando una concepción dogmática y de elite, donde parece que la intención es anestesiar el espíritu y la vocación superadora de la ciudadanía. Ese es el mensaje que hoy percibe la sociedad. Se impone como requisito reconquistar todo el esfuerzo político a disposición de la lucha contra el mal mayor, obviando los sectarismos que sólo favorecen a nuestro enemigo en común. La lucha es contra la desigualdad. A esto, se suma pensar a la política desde otra batería de contenidos, como un sistema de valores consensuado, y con una cultura que nos permita pensar colectivamente en la vía pública.
Desde mi imaginario, siento que la izquierda democrática es la que mejor expresa los valores que yo quisiera ver cumplidos en la sociedad. Y a la par lamento, porque el juego de las ideas se empobrece, cuando las alternativas políticas se reducen. Imagino que la existencia de opciones es buena en especial para los otros. Para mejorar y para ser más exigentes, con sus propias reflexiones, con sus propias exigencias. Es decir que es inevitable, para la solución de los desafíos que vienen, el incremento de alternativas políticas. Que, basándose en el consenso, converjan en un programa de unidad frente a las deudas que tiene la política con la sociedad. Con el objetivo de mantener la calidad institucional en el ejercicio del poder.
El gran desafío del progresismo en la Argentina es el inexorable destino al que se puede llegar con partidos dispuestos a luchar en común con otras corrientes de opinión, preservando sus individualidades e identidades. Pero manteniendo la creencia de que una acción coherente y planificada de distintas expresiones, puede abatir las enormes desigualdades estructurales de nuestro tiempo. Con la seguridad de que solamente un gobierno de convergencia podrá realizar la gigantesca tarea de la tan ansiada reparación nacional.
Sigamos apostando al debate para seguir reflexionando sobre futuros caminos a recorrer.




